domingo, 19 de septiembre de 2021

La isla que lo quita todo

 

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Los niños no se explicaban por qué el guardián miraba tanto la isla lejana. Corrían y corrían desnudos por la isla. Se detenían un momento para mirar al guardián y solo seguían corriendo. Se súbito, uno de ellos tropezó en una roca y se quebró un hueso. El niño gritó y el guardián corrió a auxiliarlo, pero el niño no lo necesitaba. El guardián solo notó cómo poco a poco el hueso roto volvía a la normalidad. Los niños simplemente volvieron a correr desnudos como si nada hubiera pasado.

El guardián estaba convencido de que los niños no eran propiedad de la tierra que pisaba. Sus sospechas apuntaban de que los niños provenían de la isla lejana. El guardián halló a los cinco niños cuando eran muy pequeños en una barca atascada entre las rocas de la orilla. Los llevó a la orilla sin esperanza de que vivieran, pero los niños aprendieron a caminar y luego a correr por la isla sin ayuda del guardián.

Si el guardián deseaba saber de dónde provenían, no había manera de interrogarlos. Eran muy pequeños para recordar y además no habían aprendido una lengua. Todo intento de comunicación con ellos resultaba inútil. A pesar de todo, el guardián adoptó a los niños y adoptó a la isla como su nuevo hogar, aunque no recordara qué hacía ahí.

El guardián hizo lo primero que hacía un exiliado en una isla: comprobar si el mar negro estaba custodiado. Pero claramente era un acto innecesario. El guardián podía sentir a las criaturas devoradoras. Muchas veces, mientras reflexionaba sobre la manera de llegar a la isla lejana, se quedaba dormido en la orilla.


Al despertar, vio a los niños nadando cerca de la orilla. Parecían disfrutar lo que hacían. El guardián corrió desesperado para salvarlos. Paralizado por lo que veía, no pudo entrar al agua. Los monstruos parecían no inmutarse ante la presencia de los niños y ellos parecían no temerles.

Por las noches los niños no parecían necesitar del fuego. La isla carecía de cuevas. No había lugar para dormir protegido de las sombras que rondaban la noche. Pero la compañía de los niños lo aliviaban. Los cinco niños abrazaban al guardián a la hora de quedar atrapado en el sueño. Sus cuerpos eran cálidos y reconfortantes. Sin duda, pensaba el guardián, la piel de los niños era la de un dios.

El grupo de niños creció y aprendió la lengua del guardián. Los niños lo llamaban padre y en vez de que el guardián preguntara a los niños, eran ellos los que preguntaban a su padre sobre su origen.

A duras penas, el guardián lograba recordar haberlos encontrado en la isla, pero no recordaba cómo. Tampoco recordaba cómo él había llegado a la isla, mientras miraba a los lejos otra isla.

-Solo sé –dijo el guardián –que allá se encuentra la isla lejana.

El tiempo era inevitable, demasiado inevitable. El guardián poco a poco perdía la memoria como perdía la fuerza. Solo quería estar en la orilla para mirar la isla lejana, como si su espíritu recordara e intentara gritar lo que sabía. Pero era inútil. El guardián no despertó por la mañana.


Los jóvenes dejaron que el mar negro se llevara al guardián. Ese mismo día, una barca encalló en la orilla. En su interior, había un grupo de niños. Aseguraron la barca lejos del mar. Examinaron a los niños. Uno de ellos lastimó la mano de uno de los bebés. Este lloró, pero su piel se recuperó al instante. Son como nosotros, dijeron. De repente, el resplandor de un fuego en la orilla llamó su atención. La barca se quemaba. Era imposible.

Los jóvenes intentaron empujar la balsa en llamas al mar para apagarla, pero ya era demasiado tarde. Sus manos estaban quemadas. Se miraban las manos, desconcertados, porque sus heridas no se curaban. Entraron en pánico. Todos se arrojaron al mar como si sintieran la necesidad de huir. Solo uno se quedó a observar lo inesperado. Las criaturas, que antes solo los observaban, ahora devoraban a los jóvenes. Después el mar se quedó en calma.

-Debimos irnos de aquí -dijo el joven -cuando aun había tiempo.

El último joven comprendió la naturaleza de la isla demasiado tarde. Sentado en la orilla, se dio cuenta de que no había escapatoria. No le interesaron los niños. Los dejó a su suerte. Cuando volvió a verlos, ya había olvidado su procedencia, a su padre, a sus hermanos y la naturaleza de la isla. Solo los gritos de un niño lo despertaron de su trance. El joven corrió hacia el niño herido, pero no era necesario. La herida desapareció como si no tuviera la capacidad de quedarse en la piel que al parecer le pertenecía a un dios.


De "La piel extraviada", Adolfo Flores


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