Vi al
jignis acercarse a nuestro pueblo, por eso avisé a todos para recibirlo.
Eran un
regalo de los dioses, nuestros aliados, cuadrúpedos que traían alimentos.
Vivíamos
en armonía con ellos y si les pedíamos alguna planta o fruta lejana, ellos la
traían. También eran los protectores de nuestro pueblo.
Luchaban a
muerte contra criaturas salvajes que nos acechaban. Sin embargo, no me di cuenta que el jignis de
aquella noche era diferente.
No pude
prevenir a las mujeres, jóvenes y niños. Varias vidas cayeron frente a mis
ojos. Si no lo hubiera matado con mis flechas, hubiera acabado con todos.
No tuvimos
más remedio que prepararnos para otro posible ataque. ¿Qué podía estarles
pasando a los jinis? Nunca habían hecho eso. Ellos me habían salvado
innumerables veces. Salvaban a las niñas de ahogarse en los lagos profundos.
Una horda
grande de jignis se aproximaba rauda a lo lejos no estábamos preparados para
contenerlos. El pueblo huyó hacia la montaña sagrada, salvo los guerreros y las
vírgenes. Levanté un muro de fuego para contenerlos. Eso los asustaba.
Nuestras
flechas mataban a los jignis. Pero luego el muro de fuego rojo se apagó.
Insólito. Nuestro fuego rojo siempre había sido perdurable.
Los jignis
acababan con nuestros guerreros con mucha facilidad.
Nos dimos
cuenta que ya no podíamos contenerlos. Retrocedimos hasta el escondite de las
vírgenes. Teníamos claro que teníamos que contener a los jignis.
No fue
necesario decirles lo que pasaba a las vírgenes. Ellas ya estaban ante
nosotros. Se quedaron en silencio como dando a entender que estaban listas. No
podíamos demorar más. Saqué mi daga, los demás me imitaron y ofrecí a los
dioses el sacrificio. Alguno tenía que escucharnos. Los cuerpos cayeron al
suelo y sus espíritus salieron a avisar a los dioses sobre la tragedia.
Y creo que lo lograron, porque el bosque se
quedó inmerso en un terrible silencio.
Cuando fui
a investigar, noté que los jignis habían retomado su mansedumbre. Eran muchos
los muertos y muchos los heridos. Los jignis no parecían recordar lo que habían
hecho. Estábamos tentados a matarlos, pero quizá ellos no tenían la culpa. Los
jignis miraban a su alrededor sin comprender nada. Su instinto los hizo
ausentarse de nuestra vida.
Ordené
preparar todo para ir a la montaña sagrada y enterrar de inmediato a las
vírgenes.
Los jignis no demoraron en volver. Traían en sus fauces fauna curativa. Sin dudar, las tomamos para salvar a los heridos de gravedad. Hubo uno que parecía desmayado solamente por las heridas que tenía, pero los demás me dijeron que no, que ya estaba muerto. De todos modos, ya había utilizado la sustancia de la fauna con él.
Habíamos
iniciado nuestro camino a la montaña sagrada, pero de repente sentimos la
necesidad de mirar hacia atrás.
El
guerrero que creíamos muerto se levantó. Corrimos hacia él. Lo que nos dijo,
nos llevó a aprender un poco más sobre los dioses. ¿qué nos contó el guerrero
que volvió de la muerte? ¿qué nos contó sobre los dioses? Yo también tenía ese mismo
brillo en los ojos. Pero él nos dijo que del otro lado no había nada.






