La piel extraviada
Descubrimiento final
Solo una cueva supo que el explorador había pasado la noche bajo el cadáver de la criatura salvaje.
Ningún nativo descubrió sus ojos negros y su piel
antigua como la luna roja.
Por la
mañana, sus heridas eran simples recuerdos. A pesar de que el olor de la bestia
era desagradable, no parecía sentirse afectado por la peste. Al ponerse de pie,
las paredes de la cueva llamaron su atención. No podía creerlo. Las
inscripciones hablaban de un veneno. ¿En verdad existía? Si era así, su hora
había llegado y en una isla inexplorada. Salió de la cueva sigiloso. No quería
ser atrapado por los nativos y ser su dios prisionero por demasiadas lunas.
No podía confiarse. En la mayoría de islas que
descubrió, siempre había uno como él, atado a una cueva, piedra o árbol
antiguo. Los volvían prisioneros por la naturaleza divina de su sangre que
revivía las tierras negras de las islas o servía para envenenar a criaturas
salvajes que no podían derrotar. Por estas razones, no podía confiarse.
Si las inscripciones de la caverna eran ciertas,
nadie podría atarlo alguna cueva, piedra o árbol antiguo.
El explorador sintió una presencia en la cueva.
Creyó que era el espíritu del animal llamándole. Se acercó a su cadáver y notó
movimientos extraños en la sangre que extrañamente permanecía caliente. Lamió
la sangre en el suelo de piedra y tuvo una visión del lugar que estaba buscando,
el lugar de las inscripciones de la cueva: un abismo.
Supo en una isla desconocida el camino a ese
abismo gracias a las memorias de la bestia. Pudo pasar desapercibido. Cuando
estuvo ahí, no sabía qué era lo siguiente que debía hacer. Escudriñó el abismo
una y otra vez. La niebla impedía descubrir el fondo. Pensó que esta era la
forma que buscaba. Estaba listo, entonces. Siempre lo había estado. Cerró los
ojos y se entregó al abismo, pensando que así lograría lo que anhelaba
desesperadamente.
Pero cuando abrió los ojos estaba decepcionado y
atiborrado de rabia. Sus heridas simplemente volvieron a desvanecerse. Otra
isla más que no cumplía lo que decían sus cuevas, otra simple leyenda o mito de
los nativos que se burlaban de seres como él, destinados a ser atrapados y ser
prisioneros eternos.
Se puso de pie para salir de la isla lo más
pronto posible. Solo cuando la niebla se disipó pudo ver el cuerpo en el suelo,
incólume ante los gusanos y la agresividad del tiempo. Lágrimas asistieron a
sus ojos negros al notar que los labios sempiternos del cuerpo aun guardaban un
poco de muerte para él. “La leyenda era cierta”, suspiró. Detrás escuchó el
rumor de una horda nativa. Supo lo que debía hacer. Cuando lo encontraron, la horda nativa estaba
furiosa por no haber notado que un inmortal había profanado su isla.

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