domingo, 19 de septiembre de 2021

Jignis

 

Vi al jignis acercarse a nuestro pueblo, por eso avisé a todos para recibirlo.

Eran un regalo de los dioses, nuestros aliados, cuadrúpedos que traían alimentos.

Vivíamos en armonía con ellos y si les pedíamos alguna planta o fruta lejana, ellos la traían. También eran los protectores de nuestro pueblo.

Luchaban a muerte contra criaturas salvajes que nos acechaban.  Sin embargo, no me di cuenta que el jignis de aquella noche era diferente.

No pude prevenir a las mujeres, jóvenes y niños. Varias vidas cayeron frente a mis ojos. Si no lo hubiera matado con mis flechas, hubiera acabado con todos.

No tuvimos más remedio que prepararnos para otro posible ataque. ¿Qué podía estarles pasando a los jinis? Nunca habían hecho eso. Ellos me habían salvado innumerables veces. Salvaban a las niñas de ahogarse en los lagos profundos.

Una horda grande de jignis se aproximaba rauda a lo lejos no estábamos preparados para contenerlos. El pueblo huyó hacia la montaña sagrada, salvo los guerreros y las vírgenes. Levanté un muro de fuego para contenerlos. Eso los asustaba.

Nuestras flechas mataban a los jignis. Pero luego el muro de fuego rojo se apagó. Insólito. Nuestro fuego rojo siempre había sido perdurable.


Los jignis acababan con nuestros guerreros con mucha facilidad.

Nos dimos cuenta que ya no podíamos contenerlos. Retrocedimos hasta el escondite de las vírgenes. Teníamos claro que teníamos que contener a los jignis.

No fue necesario decirles lo que pasaba a las vírgenes. Ellas ya estaban ante nosotros. Se quedaron en silencio como dando a entender que estaban listas. No podíamos demorar más. Saqué mi daga, los demás me imitaron y ofrecí a los dioses el sacrificio. Alguno tenía que escucharnos. Los cuerpos cayeron al suelo y sus espíritus salieron a avisar a los dioses sobre la tragedia.

 Y creo que lo lograron, porque el bosque se quedó inmerso en un terrible silencio.


Cuando fui a investigar, noté que los jignis habían retomado su mansedumbre. Eran muchos los muertos y muchos los heridos. Los jignis no parecían recordar lo que habían hecho. Estábamos tentados a matarlos, pero quizá ellos no tenían la culpa. Los jignis miraban a su alrededor sin comprender nada. Su instinto los hizo ausentarse de nuestra vida.

Ordené preparar todo para ir a la montaña sagrada y enterrar de inmediato a las vírgenes.

Los jignis no demoraron en volver. Traían en sus fauces fauna curativa. Sin dudar, las tomamos para salvar a los heridos de gravedad. Hubo uno que parecía desmayado solamente por las heridas que tenía, pero los demás me dijeron que no, que ya estaba muerto. De todos modos, ya había utilizado la sustancia de la fauna con él.

Habíamos iniciado nuestro camino a la montaña sagrada, pero de repente sentimos la necesidad de mirar hacia atrás.

El guerrero que creíamos muerto se levantó. Corrimos hacia él. Lo que nos dijo, nos llevó a aprender un poco más sobre los dioses. ¿qué nos contó el guerrero que volvió de la muerte? ¿qué nos contó sobre los dioses? Yo también tenía ese mismo brillo en los ojos. Pero él nos dijo que del otro lado no había nada.

 

De "La piel extraviada", Adolfo Flores


La isla que lo quita todo

 

Fuente

Los niños no se explicaban por qué el guardián miraba tanto la isla lejana. Corrían y corrían desnudos por la isla. Se detenían un momento para mirar al guardián y solo seguían corriendo. Se súbito, uno de ellos tropezó en una roca y se quebró un hueso. El niño gritó y el guardián corrió a auxiliarlo, pero el niño no lo necesitaba. El guardián solo notó cómo poco a poco el hueso roto volvía a la normalidad. Los niños simplemente volvieron a correr desnudos como si nada hubiera pasado.

El guardián estaba convencido de que los niños no eran propiedad de la tierra que pisaba. Sus sospechas apuntaban de que los niños provenían de la isla lejana. El guardián halló a los cinco niños cuando eran muy pequeños en una barca atascada entre las rocas de la orilla. Los llevó a la orilla sin esperanza de que vivieran, pero los niños aprendieron a caminar y luego a correr por la isla sin ayuda del guardián.

Si el guardián deseaba saber de dónde provenían, no había manera de interrogarlos. Eran muy pequeños para recordar y además no habían aprendido una lengua. Todo intento de comunicación con ellos resultaba inútil. A pesar de todo, el guardián adoptó a los niños y adoptó a la isla como su nuevo hogar, aunque no recordara qué hacía ahí.

El guardián hizo lo primero que hacía un exiliado en una isla: comprobar si el mar negro estaba custodiado. Pero claramente era un acto innecesario. El guardián podía sentir a las criaturas devoradoras. Muchas veces, mientras reflexionaba sobre la manera de llegar a la isla lejana, se quedaba dormido en la orilla.


Al despertar, vio a los niños nadando cerca de la orilla. Parecían disfrutar lo que hacían. El guardián corrió desesperado para salvarlos. Paralizado por lo que veía, no pudo entrar al agua. Los monstruos parecían no inmutarse ante la presencia de los niños y ellos parecían no temerles.

Por las noches los niños no parecían necesitar del fuego. La isla carecía de cuevas. No había lugar para dormir protegido de las sombras que rondaban la noche. Pero la compañía de los niños lo aliviaban. Los cinco niños abrazaban al guardián a la hora de quedar atrapado en el sueño. Sus cuerpos eran cálidos y reconfortantes. Sin duda, pensaba el guardián, la piel de los niños era la de un dios.

El grupo de niños creció y aprendió la lengua del guardián. Los niños lo llamaban padre y en vez de que el guardián preguntara a los niños, eran ellos los que preguntaban a su padre sobre su origen.

A duras penas, el guardián lograba recordar haberlos encontrado en la isla, pero no recordaba cómo. Tampoco recordaba cómo él había llegado a la isla, mientras miraba a los lejos otra isla.

-Solo sé –dijo el guardián –que allá se encuentra la isla lejana.

El tiempo era inevitable, demasiado inevitable. El guardián poco a poco perdía la memoria como perdía la fuerza. Solo quería estar en la orilla para mirar la isla lejana, como si su espíritu recordara e intentara gritar lo que sabía. Pero era inútil. El guardián no despertó por la mañana.


Los jóvenes dejaron que el mar negro se llevara al guardián. Ese mismo día, una barca encalló en la orilla. En su interior, había un grupo de niños. Aseguraron la barca lejos del mar. Examinaron a los niños. Uno de ellos lastimó la mano de uno de los bebés. Este lloró, pero su piel se recuperó al instante. Son como nosotros, dijeron. De repente, el resplandor de un fuego en la orilla llamó su atención. La barca se quemaba. Era imposible.

Los jóvenes intentaron empujar la balsa en llamas al mar para apagarla, pero ya era demasiado tarde. Sus manos estaban quemadas. Se miraban las manos, desconcertados, porque sus heridas no se curaban. Entraron en pánico. Todos se arrojaron al mar como si sintieran la necesidad de huir. Solo uno se quedó a observar lo inesperado. Las criaturas, que antes solo los observaban, ahora devoraban a los jóvenes. Después el mar se quedó en calma.

-Debimos irnos de aquí -dijo el joven -cuando aun había tiempo.

El último joven comprendió la naturaleza de la isla demasiado tarde. Sentado en la orilla, se dio cuenta de que no había escapatoria. No le interesaron los niños. Los dejó a su suerte. Cuando volvió a verlos, ya había olvidado su procedencia, a su padre, a sus hermanos y la naturaleza de la isla. Solo los gritos de un niño lo despertaron de su trance. El joven corrió hacia el niño herido, pero no era necesario. La herida desapareció como si no tuviera la capacidad de quedarse en la piel que al parecer le pertenecía a un dios.


De "La piel extraviada", Adolfo Flores


domingo, 12 de septiembre de 2021

La isla de los Crágnaz



La isla de los Crágnaz


Nunca el dios Zar había permitido que volviéramos de la muerte. Todo tenía un orden y este tenía que respetarse. Nadie debía estar en ambos mundos. Pero los Crágnaz se rebelaron contra el dios Zar y comenzaron a devolver la vida sin permiso divino. Nadie creía que fuera posible. Los rumores parecían simples mitos o leyendas. Solo cuando vimos al primer Crágnaz resucitar a un sabio anciano, a un niño y a una mujer, comenzamos a creer en ellos.

Al principio, cuando fui resucitado, surgió un problema: evadir a los guardianes, deidades enviadas por el dios zar. Un sabio se adentró al bosque y volvió con un extracto desconocido y lo roció en los cuerpos de los resucitados. Solo así pudimos quitarnos ese olor que dejaba la muerte, imperceptible ante los hombres, pero detectable para el olfato de los guardianes y resucitados.

Después fuimos perseguidos hasta el cansancio. Solo gracias a la protección de los Crágnaz pudimos escapar de las garras de los guardianes. No sabíamos si eran los Crágnaz o los guardianes los más salvajes. Lo que sí sabíamos era que, después de una pelea así, cuando íbamos a mirar, solo encontrábamos a un Crágnaz y a un guardián muriéndose lentamente. A pesar de que ambas criaturas eran enemigas, optábamos por enterrar el cuerpo de ambas deidades.

Al final, los enfrentamientos entre Crágnaz y guardianes fueron numerosos e inútiles. Los guardianes no lograban atraparnos, ni lograban acabar con los Crágnaz. La voluntad de los Crágnaz parecía gobernar sobre la del dios zar. Esta herejía resultaba reprobable y el dios zar no podía permitir ni una muerte más de los guardianes.

Por eso el dios zar tuvo que pisar nuestra isla para imponer su poder. Lo vimos salir desnudo del mar, mecido por una brisa que parecía rodear solo a su cuerpo. Mientras caminaba, admiró la belleza de nuestra isla. De alguna forma, el dios zar percibió en el aire el hedor a muerte. Solo siguió el rastro para encontrar el cementerio de Crágnaz y guardianes.

Cuando vimos al dios zar tocar la tierra del cementerio, creímos que Crágnaz y guardianes se levantarían de entre los muertos. Pero el dios zar salió de ahí sin que nada ocurriera. Los guardianes que rondaban la isla no pudieron hacer más que huir temerosos. No los castigó, solo los dejó ir. Resignados, solo esperábamos nuestro fin. Pero los Crágnaz estaban preparados para enfrentar al dios zar y se abalanzaron, furiosos, sobre él. Era increíble lo que estaba pasando: el dios zar se moría irremediablemente.

Levantamos el cuerpo y lo sepultamos junto a los Crágnaz y guardianes caídos. El cementerio recibió a su último muerto, a su último rehén de los siglos. El hedor a muerte desapareció por completo y el gobierno de los Crágnaz se levantaba, y ahora solo percibimos la brisa eterna de la inmortalidad.

Jignis

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