
La isla de los Crágnaz
Nunca el dios Zar había permitido que
volviéramos de la muerte. Todo tenía un orden y este tenía que respetarse.
Nadie debía estar en ambos mundos. Pero los Crágnaz se rebelaron contra el dios
Zar y comenzaron a devolver la vida sin permiso divino. Nadie creía que fuera
posible. Los rumores parecían simples mitos o leyendas. Solo cuando vimos al
primer Crágnaz resucitar a un sabio anciano, a un niño y a una mujer,
comenzamos a creer en ellos.
Al principio, cuando fui resucitado,
surgió un problema: evadir a los guardianes, deidades enviadas por el dios zar.
Un sabio se adentró al bosque y volvió con un extracto desconocido y lo roció
en los cuerpos de los resucitados. Solo así pudimos quitarnos ese olor que
dejaba la muerte, imperceptible ante los hombres, pero detectable para el
olfato de los guardianes y resucitados.
Después fuimos perseguidos hasta el
cansancio. Solo gracias a la protección de los Crágnaz pudimos escapar de las
garras de los guardianes. No sabíamos si eran los Crágnaz o los guardianes los
más salvajes. Lo que sí sabíamos era que, después de una pelea así, cuando
íbamos a mirar, solo encontrábamos a un Crágnaz y a un guardián muriéndose
lentamente. A pesar de que ambas criaturas eran enemigas, optábamos por
enterrar el cuerpo de ambas deidades.
Al final, los enfrentamientos entre Crágnaz
y guardianes fueron numerosos e inútiles. Los guardianes no lograban
atraparnos, ni lograban acabar con los Crágnaz. La voluntad de los Crágnaz
parecía gobernar sobre la del dios zar. Esta herejía resultaba reprobable y el
dios zar no podía permitir ni una muerte más de los guardianes.
Por eso el dios zar tuvo que pisar
nuestra isla para imponer su poder. Lo vimos salir desnudo del mar, mecido por
una brisa que parecía rodear solo a su cuerpo. Mientras caminaba, admiró la
belleza de nuestra isla. De alguna forma, el dios zar percibió en el aire el
hedor a muerte. Solo siguió el rastro para encontrar el cementerio de Crágnaz y
guardianes.
Cuando vimos al dios zar tocar la tierra
del cementerio, creímos que Crágnaz y guardianes se levantarían de entre los
muertos. Pero el dios zar salió de ahí sin que nada ocurriera. Los guardianes
que rondaban la isla no pudieron hacer más que huir temerosos. No los castigó,
solo los dejó ir. Resignados, solo esperábamos nuestro fin. Pero los Crágnaz
estaban preparados para enfrentar al dios zar y se abalanzaron, furiosos, sobre
él. Era increíble lo que estaba pasando: el dios zar se moría
irremediablemente.
Levantamos el cuerpo y lo sepultamos
junto a los Crágnaz y guardianes caídos. El cementerio recibió a su último
muerto, a su último rehén de los siglos. El hedor a muerte desapareció por
completo y el gobierno de los Crágnaz se levantaba, y ahora solo percibimos la
brisa eterna de la inmortalidad.
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